CASAVEGAS  

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ROMANCE DE LA VIRGEN DE VIARCE

- I -

En término de Redondo,
escondido en la Pernía,
hay un sitio placentero,
cuya belleza cautiva.

Es el valle que en conjunto
de Viarce se denomina,
por más que visto en detalle,
varios nombres se le aplican.

Sus aguas van al Pisuerga,
y junto a él escondida está
la dehesa del Ponzo,
que por el sur le limita;

Apoyándose en la peña fuerte,
escarpada y altiva,
que impide que el pueblo contemple
del sol la augusta salida.

Álzanse allí a la derecha,
yendo del Barrio de Arriba,
las blancas Peñas del Moro,
cual dos castillos erguidas.

Más allá están las Canales;
luego el Castro de las mismas;
luego está Allende la Cuenca,
y una roca por encima,

que es la Cascajal del Oso
y después y más arriba
la Verdiana y su Valleja,
donde borregas había.

A continuación, los Quindios,
con la Cuenca, su vecina
y allá en el fondo del Viarce
la Majada está a la vista;

Donde en verano pastaban
centenares de merinas,
que ya van perdiendo mucho
la estimación que tenían.

Por debajo está la cueva
que asimismo denominan
de Viarce, siendo a la vez
fuente de agua cristalina.

Sigue la peña del Aguila,
que a los Cirbunales mira,
llamada así porque en ella
fuertes águilas anidan.

Está luego la Valleja
de la Trapa, y por encima
se ve de Tegeo la Peña
que a las de Viarce domina,

Por el lado de la izquierda,
siguiendo la misma vía,
sin mencionar a Ruviarce
la Lomba es la primerita.

La porción que de este monte,
hacia el vallecito mira,
llamar suelen la Pedrosa
y luego están las Llanillas,

Por las cuales baja el agua
de una humilde fuentecilla,
que en el Milanillo nace,
y del Lobo la apellidan.

Siguen luego las Traviesas;
y si levantas la vista,
en la Sierra de Celada
Castros Colorados miras.

De todo el valle en el medio
entre Allende y las Llanillas,
se ve el sitio de las Eras,
do dicen que un pueblo había;

Pero ha de hacer muchos años,
pues de rastros ni reliquias
no se advierten, ni del mismo
recuerdos hay ni noticias.

El valle es fresco y alegre,
y a visitarle convida
su hermosura y el follaje
que el haya abundante cría.

Vese también esmaltado
de variadas florecillas,
formando el monte y las peñas
agradable perspectiva.

Es agreste y solitario;
y al entrar en él la vista
se complace, al par que el alma
conmovida se extasía.

Retirado está y oculto;
más para pasar la vida,
mejor no puede encontrarlo
el alma contemplativa.

Allí no turban la paz
del que escondido medita,
los ruidos y las pasiones
en que los hombres se agitan.

Allí, lejos del bullicio
de la mundanal orgía,
es fácil vivir en gracia,
para conseguir la dicha.

Éste es, pues, el sito ignoto,
cuya historia peregrina,
invocando antes a Dios
voy a contar en seguida.

- II -

En las mencionadas Eras,
cerca de una calarcita,
por las hayas sombreada,
vése clara fuentecilla,

Que aunque humilde en apariencia,
y cual modesta, escondida,
una vez fue visitada
por Nuestra Madre María;

Caso que se realizó
hace muchísimos días,
pero en tales circunstancias
que las gentes no lo olvidan.

El papa Juan XXII
la Iglesia de Dios regía
y Alfonso Onceno reinaba
en el trono de Castilla.


Con esto queda indicado
de una manera precisa,
que el primer tercio del siglo
decimocuarto corría.

Era una bella mañana
de un hermosísimo día
a la conclusión de mayo,
mes dedicado a María.

El cielo su azul ostenta
sin sombras ni nubecillas,
y radiante el sol alumbra
sin molestar todavía.

Cubierto de verde alfombra,
llena de mil florecillas,
aquel risueño paisaje
presenta una hermosa vista;

Y el ambiente embalsamado
deja aspirar con delicia
los aromas que se exhalan
de las hierbas odoríficas.

Tranquilo está todo el Viarce,
mecido por suave brisa,
sin que se oiga ni aún el paso
de la corza fugitiva.

Solo turban el silencio
de aquel magnífico día
el arroyo que murmura
y las tiernas avecillas,

Que cantan amor y quejas
entre el follaje escondidas;
siendo los siete colores
los que el concierto armonizan.

Algunas vacas se ven
por monte y valle esparcidas,
buscando la verde hierba
con muy notable codicia.

Y es que durante el invierno
en el establo metidas
se han visto y por eso ahora
con ansia libres respiran.

Un hombre joven aún
hacia las Eras camina;
su traje es raro y a fe
que en el país no se estila;

Su cara se ve tostada
por el sol del mediodía;
barba oscura, ojos muy negros,
postura fiera y altiva.

No hay duda, es un musulmán
nacido allá en las campiñas
del andaluz cuando menos,
o quizá en la Berbería.

¿Que hará en tierra de cristianos
entre gentes enemigas,
aquel hijo del Islam
que por el valle camina?

Es que ha quedado cautivo
después de sangrienta lidia,
en la cual logró rendirle
cierto noble de Pernía.

Es que por esta razón
aquellas vacas que mira,
de guardar está encargado
contra las fieras dañinas.

¡Pobre moro! triste a veces
llora al ver pasar su vida
tantas leguas apartado
de la hermosa Andalucía.

Su nombre ignoro y con él
su clase, hacienda y familia,
pero sé que un corazón
noble y honrado tenía;

Que también entre los moros
aunque de la ley divina
alejados viven,
hay gentes puras y sencillas.

Iba, pues, el buen muslim
caminando muy aprisa,
cuando oyó mugir un toro,
y fue a darle para arriba;

Pues como lejos estaba
de las vacas y novillas,
para que no se perdiese
carearle convenía.

Y al paso fue a beber agua
en la clara fuentecilla,
sin sospechar el prodigio
que muy pronto se obraría.

--III--

Junto a la fuente llegó el moro
cuando ¡oh delicia!
se le aparece de pronto
la siempre Virgen María.
aunque en actitud sencilla,
y vagando por sus labios
dulce maternal sonrisa.

Imposible es describir
tanta belleza reunida
ni expresar cómo en sus ojos
la bondad resplandecía.

Asombrado quedó el moro
al ver lo que le ocurría;
quiso andar sin conseguirlo;
quiso hablar y enmudecía.

Transportado, el Paraíso
parecióle que veía,
a los pies de la sultana
de las hurís prometidas,

Por el falsario Mahoma
en su religión mentida,
a los que siendo muslines,
buenos creyentes morían.

Pero no, que la pureza
resplandeciente en María,
y el aire aquel sobrehumano
que en ella el moro advertía,

Le dieron a conocer
a la Madre bendecida,
a quien sus piadosos amos
invocaban cada día;

Por lo cual cayó de hinojos,
con el alma conmovida,
ante la excelsa Señora,
que así se le aparecía.

En esto ve que la Virgen
con voz del cielo venida
y señalando unas peñas
que allí cerca se veían:

¡Oye! le dice, si tienes sed
cual parece, a extinguirla vete,
y apágala al punto
en aquella fuentecilla.

Que hay en la peña más baja
de las dos que al frente miras,
en el fondo de una cueva
silenciosa y escondida.

Vuelve después a la casa
de tus amos, y en seguida
marcha a Roma, porque intento
que allí el bautismo recibas;

Y que luego que regreses,
aquí en estas cercanías
me tributes honra y culto
con otros en compañía;

Pues así quiero premiarte
por tus costumbres sencillas,
y así quiero honrar también
a esta tierra de Pernía.

Esto dijo y disipose
aquella visión divina
dejando aturdido al moro,
que allí se está de rodillas,

Sin acertar a alejarse
de la humilde fuentecilla,
que de entonces hasta hoy
de la Virgen se apellida;

Así como al propio tiempo
del moro se denominan
aquellas famosas peñas
que le señaló María.

Poco a poco se calmó;
y al meditar en seguida
sobre lo que antes oyera,
su fe en Mahoma vacila,

Y la luz de la verdad,
de que hasta entonces huía,
siente que en su alma penetra,
no muy clara todavía;

Comenzando a comprender,
cual sus amos le decían,
que el Corán y sus sentencias
son una pura falsía,

Y que sólo existe un Dios
con tres personas distintas,
que creó el cielo y la tierra,
sin más que decir un Fiat;

Y el cual, siendo Omnipotente
y su bondad infinita,
por redimir a los hombres
encarnó y perdió la vida.

Éste es aquel mismo
que a los cristianos anima
con santo fuego y les hace
que triunfen de la morisma;

Para lanzarla del suelo
de aquesta España querida,
que en ocho siglos ganó
lo que perdiera en un día.

— IV —

Obediente el pobre moro
a la Peña se encamina
donde le dijo la Virgen
que estaba la fuentecilla.

Llega allá y algún trabajo
en la cueva reducida
le cuesta entrar, mas consigue
ver cosa jamás oída.

Era una fuente al revés
de las demás conocidas,
pues ésta mana hacia abajo,
cual las otras hacia arriba.

En una concavidad
en que la cueva termina,
precisamente en el centro
de la Vinajera chica;

Gota a gota va cayendo
agua pura en una pila
que la recibe y no deja
que a buscar vaya salida.

Y lo más particular
es que llena la pocita,
nunca se vierte una gota
ni merma con las sequías.

Y aunque mucha agua se saque,
vuelve a llenarse en seguida;
y aunque no se saque nada,
siempre la poza es la misma.

Con ansia bebió allí el moro;
y ya más fortalecida
sintió su naciente fe
en nuestra santa doctrina.

Porque aquella humilde fuente
tiene virtudes divinas,
y a él le curó el mal del alma,
como a otros el cuerpo alivia.

Y por eso, allí van muchos
hasta en nuestros propios días
a buscar agua, que llevan
cual remedio a sus familias;

Viéndose de ello en la roca
de la cueva señal fija,
pues gastado por el uso,
está el sitio do se pisa.

Luego que apagó la sed
el buen moro se encamina
a la casa de sus amos,
que allí en Redondo vivían.

Les cuenta lo que ha pasado
y licencia solicita
para marchar hasta Roma,
obteniéndola cumplida.

Echase a andar al momento,
y sufriendo mil fatigas,
recorrió muchas comarcas,
animado de fe viva.

Se pasó por Aviñón
donde el Papa residía,
contándole lo ocurrido
en una corta entrevista;

Y en virtud de todo ello
Juan XXII determina
que prosiga su camino
hasta la ciudad bendita.

Hízolo así; y cuando llega,
resuélvase a que en seguida
un prudente religioso
de catequista le sirva.

Escogió, pues, a Fray Alvaro
fervoroso minorita.
de la religión seráfica,
cien años antes nacida;

El cual, después de instruirle
en las verdades divinas,
por orden del Santo Padre
con gran amor le bautiza.

Recibió el nombre de Juan,
y recordando en seguida
que entre peñas escarpadas
se le apareció María,

Dio al olvido el abolengo
de su morisca familia,
y desde aquel mismo instante
de la Peña se apellida.

Vuelve a Redondo en el acto,
por inspiración divina,
fuese otra vez a la cueva
de la rara fuentecita;

Y buscando en ella ansioso
una imagen de María
encontró que en aquel sitio
había quedado escondida,

Seiscientos años atrás,
cuando en confusión huían,
los cristianos temerosos
de las huestes berberiscas;

Cuya imagen venerando,
de la antigüedad reliquia,
es la misma que nosotros
contemplamos hoy en día.

Con hallazgo tan precioso
el buen moro se reanima,
y allí cerca de la cueva
un monasterio edifica;

Apartándose muy poco
del casco del Barrio Arriba,
junto al cual, diz que al principio
edificarle quería.

Le llamó del Corpus Christi,
por que en ese mismo día
se verificó el milagro
que le colmara de dicha.

Mirando estaba hacia el norte,
y la vista descubría
desde el Pando a Peña Labra,
de Abismo a Costanilla.

Y la Barga de Entre-Oteros
asimismo se veía
con Henares y los Corros,
Pedregales, Peña-Albilla;

Y las Agujas, el Canto,
Entrepeñas, Marmullía,
Troncos, Rivero Pintado
y la Meadoria allá arriba;

Y el puerto de Piedras Luengas
y la Grajera y su vía,
con el Portillo del Asno,
Hoyas, Tejuela Y Branillas.

También los Picos de Europa,
cuyas escarpadas cimas
ocultan el sitio egregio
do Covadonga se anida;

Separándola a la vez
de la modesta provincia
que en sí encierra a Casagadia,
tumba de la infiel morisma.

Del pico de tres vertientes
vénse las rocas erguidas;
muchos montes, muchas peñas,
y valles y praderías.

— V —

El convento entró a ser parte
de la religión francisca
y estaba muy bien dotado
de portentosas reliquias.

En él vivió santamente
Juan de la Peña sus días
y hasta que murió de viejo
con la conciencia tranquila.

Otros frailes le suceden,
que con fervor se dedican
a predicar en los pueblos
la verdadera doctrina;

Mientras tanto que en el Corpus
la siempre Virgen María,
con la advocación de Viarce
tierno culto recibía;

Y ella, pagando amorosa
la devoción que veía,
obraba muchos milagros
y frecuentes maravillas.

Un hombre, que, haciendo hoja
hallábase en las Llanillas,
se cayó del roble abajo,
pero le salvó María.

Otros muchos, igualmente,
a ella debieron la vida,
mas por brevedad omito
el dar de todos noticia.

De este modo aquel convento,
medio oculto en la Pernía,
gran prestigio conservaba
en todas las cercanías.

Tranquilos en él los Padres,
dulces pasaban los días,
alejados de los hombres,
libres de odios y rencillas.

Y aunque al entrar en el Corpus
cuando de lejos venían,
al ver aquel valle agreste,
gran sentimiento tenían;

En cambio pronto, muy pronto,
cariño al sito cogían
y con ardor deseaban
en él acabar la vida.

No obstante las muchas nieves,
que en el invierno caían
y a pesar de otros rigores,
que son efecto del clima.

Y por eso dice el vulgo
que aunque rabiando venían
lloraban y de muy veras
cuando a otra parte se iban.

Uno de ellos, no sé quién,
se despeñó cierto día
de la Vinajera grande,
do echar la siesta solía;

Por lo cual en aquel sitio
la mano caritativa
de sus compañeros puso
la cruz que allí se veía.
br> Mas, fuera de esas desgracias,
naturales en la vida,
por lo demás en el Corpus
reinaba siempre la dicha,

Y el silencio, interrumpido
tan sólo en contados días,
en que a celebrar sus fiestas
grande concurso acudía.

Pero en la moderna edad
vientos fatales corrían
para aquel pobre convento,
tan respetado en Pernía.

Con el siglo diecinueve
comenzaron sus desdichas,
cuando el bárbaro francés
la religión perseguía.

Más sus males aumentaron
desde que en aciago día
alzó su inmunda cabeza
la revolución impía.

Ya del veinte al veintitrés
tuvo fuerte sacudida,
siendo sólo precursora
de lo que detrás vendría.

Más de cien lustros contaba
el monasterio de vida,
cuando el año treinta y cinco
de ese siglo de porfías,

Que con fatuidad sus hijos
de las luces denominan,
fueron por medios violentos
en España suprimidas,

Las órdenes religiosas,
que mal ninguno hacían,
alcanzando al Corpus Christi
tan arbitraria medida.

Los frailes le abandonaron,
aunque mucho lo sentían,
y allí en San Juan de Redondo
poco después fallecía

El Padre Tomás Cardín,
último fiel Minorita,
que de la Comunidad
tuviera la guardianía;

Y el cual no quiso alejarse
de aquella celda querida,
donde tranquilo y feliz
pasó sus mejores días.

De este modo en el convento
quedó la voz extinguida
de los santos Religiosos
que alababan a María.

Y desde entonces hasta hoy
la soledad y la ruina
son dueñas de aquellos sitos
do reinaba antes la dicha.

--VI--

Poco tiempo ha transcurrido
desde aquel infausto día
en que el convento del Corpus
para siempre enmudecía.

Llega el año treinta y seis;
y cuando enero veía
su tercer sol, algo grave
se notaba en la Pernía;

Y era que dado el permiso
por su Señoría Ilustrísima,
del convento abandonado
a sacar la Virgen iban;

Pues como ya en su recinto
persona alguna vivía,
dentro del pueblo la imagen
con más decoro estaría.

Por eso incesantemente.
de todas las cercanías
mucha gente va acudiendo
hacia Redondo de Arriba;

Y hombres, niños, sacerdotes
y mujeres compungidas
van llegando, aunque con fuerza
nevaba desde la víspera;

Que también sin duda el tiempo
asociarse pretendía
al luto y consternación,
que en los semblantes veía.

A eso de media mañana,
se despeja y en seguida
toda aquella multitud
al convento se encamina,

Ansiosa de acompañar
a la Virgen bendecida
en la peregrinación
que hacia Redondo emprendía.

Suben allá y al momento
la procesión se organiza,
sacando la santa imagen
ya después del mediodía.

Luego vuelve muy despacio
al pueblo la comitiva,
mostrando los fieles todos
el gran dolor que sentían.

Muchas mujeres lloraban,
al ver que en aciago día
abandonaba aquel sitio
la Inmaculada María;

Después de quinientos años
en que allí las gentes iban
a implorar humildemente
su protección de rodillas.

Llegan al fin a Redondo
y en la parroquia de Arriba
aquella preciosa imagen
cuidadosos depositan;

Y allí sigue recibiendo
honor y culto a porfía
Nuestra Señora del Viarce,
protectora de Pernía;

Que es abogada especial
contra el tiempo de sequía,
pues Dios por sus ruegos hace
que caigan lluvias benignas.

Su festividad celebran
de febrero a los dos días
los hijos de ambos Redondos
que en su Patrona confían;

Recordando entre otras cosas
que por favor de María
no subieron los franceses
de Trabadillas arriba;

Y que por el mismo tiempo
mostró la Virgen bendita
que desde allí para abajo
tampoco pasar quería.

Además todos los años
en mayo se la dedica
por el valle una novena
que es bastante concurrida;

Aunque ya no tan solemne
como las que antes se hacían
cuando el convento del Corpus
habitado se veía.

Mientras tanto el monasterio
sólo y privado de vida,
¡Prontamente ha envejecido
en muy poquísimos días.

Destinose a campo santo
al principio su capilla,
que era moderna y no grande,
pero aseada y bonita;

Más después la destrucción
sentó allí su mano impía,
y ya no ha quedado en pie
ni aún el altar de María.

El retablo principal
que en el convento existía,
al pueblo fue trasladado
y en él está todavía;

Viéndose ya únicamente
donde los frailes vivían,
muerte, tristeza, abandono,
escombros y sabandijas.

Tal es hoy la situación
a que se halla reducida
aquella observante casa,
donde imperaba María,

Y así en este tiempo infame
todo lo bueno se olvida,
relegándose al desprecio
las cosas de más valía.

Dios querrá en sus altos fines
probar con nuestras desdichas
nuestra fe, para otorgarnos
mayor recompensa un día;

Permitiendo, al fin, piadoso
con su bondad infinita
que un santuario se levante
del convento entre las ruinas;

Para que a él traslademos
pronto la imagen bendita
de la Virgen que allá en Viarce
al muslín habló benigna.

Quiera Dios que así suceda
y mientras feliz el día
de verlo a nosotros viene
no olvidemos a María;

Que es Madre de pecadores
y a la salvación nos guía,
intercediendo con Dios
para templar su justicia.

 

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