Amanecer en la Sierra de Peñalabra

La Pernía fue ya habitada durante la prehistoria, en algunas cuevas se han hallado restos arqueológicos de esta época, pinturas rupestres, útiles y restos de cerámica.

Aproximadamente 1.000 años antes de cristo se produjo la entrada de pueblos celtas a la península, ocupando esta zona los cantabros.

Pueblo de origen celta que ocupaban un territorio comprendido, aproximadamente, entre el Sella y el Nervión y desde Saldaña y Alar del Rey hasta el Cantábrico.

Llegaron a la península entre los siglos XI y IX a.c., comenzando la edad del hierro.

Cantabro es una palabra de procedencia celta, compuesta por la raíz "kant" (roca, piedra, peña, peñasco....) y el sufijo "abr" (tribu, pueblo), por lo tanto sería "pueblo de las rocas o peñas" (montañés).

La propiedad residía en la mujer por ser ella la que  cultivaba el campo mientras el hombre se dedicaba a la caza y a la guerra.

Las tribus estaban regidas por un jefe, apoyado por un consejo de ancianos, habitaban en castros, pequeños poblados en el alto de algún montículo para defenderse mejor.

Su vestimenta consistía en túnicas ceñidas con un cinturón, capotes de lana que también usaban como mantas, una especie de gorras y calzado de cuero.

Dormían en el suelo, se bañaban con agua fría, comían una sola comida abundante y eran aficionados a juegos atléticos, militares y al baile. Sus conocimientos médicos eran muy limitados, sacaban a sus enfermos a los caminos por ver si los caminantes les proporcionaban un remedio

Tampoco debían conocer la escritura. Los romanos quedaron sorprendidos por las bárbaras costumbres del pueblo cántabro y las achacaron a su carácter guerrero, lo incomunicado de sus tierras y el rigor del clima. Las leyes penales contemplaban el apedreamiento o despeñar al infractor por un roca y los ancianos, que no servían para la guerra, solían suicidarse. Otra costumbre que conocemos era la de la tribu de los concanos que bebía la sangre de los caballos.

Los cántabros se dedicaban a la recolección, la ganadería ( la carne de cabra era su base alimenticia ), la caza de jabalís, pesca, marisqueo y el pillaje de pueblos vecinos ( vacceos y turmódigos ). La agricultura no debía ser muy productiva.

Los cántabros practicaban cultos de tipo naturalista: veneraban a los montes, bosques, lagos, serpientes...

En algunas lápidas aparecen animales como caballos o ciervos, porque al parecer, existía la creencia de que estos animales transportaban las almas de los difuntos al cielo.

Parece que se practicaba la cremación con los difuntos, excepto con los que morían en el campo de batalla, que debían quedar yaciendo allí hasta que los buitres abrieran sus entrañas para transportar sus almas al cielo.

Estrabon de Amasia, geografo griego dice sobre los Cantabros:
"Todos los habitantes de la montaña son sobrios: no beben sino agua, duermen en el suelo, y llevan cabellos largos al modo femenino, aunque para combatir se ciñen la frente con una banda. Comen principalmente carne de cabrón; a Áres sacrifican cabrones, y también cautivos y caballos; suelen hacer hecatombes de cada especie de víctima, al uso griego, y por decirlo al modo de Píndaros, "inmolan todo un centenar". Practican luchas gýmnicas, hoplíticas e hípicas, ejercitándose para el pugilato, la carrera, las escaramuzas y las batallas campales. En las tres cuartas partes del año los montañeses no se nutren sino de bellotas, que, secas y trituradas, se muelen para hacer pan, el cual puede guardarse durante mucho tiempo. Beben "zýthos", y el vino, que escasea, cuando lo obtienen se consume en seguida en los grandes festines familiares. En lugar de aceite usan manteca. Comen sentados sobre bancos construidos alrededor de las paredes, alineándose en ellos según sus edades y dignidades; los alimentos se hacen circular de mano en mano; mientras beben, danzan los hombres al son de flautas y trompetas, saltando en alto y cayendo en genuflexión. En Bastetanía las mujeres bailan también mezcladas con los hombres, unidos unos y otros por las manos. Los hombres van vestidos de negro, llevando la mayoría el sagum con el cual duermen en sus lechos de paja. Usan de vasos labrados en madera, como los keltoí. Las mujeres llevan vestidos con adornos florales. En el interior, en lugar de moneda practican el intercambio de especies o dan pequeñas láminas de plata recortadas. A los criminales se les despeña, y a los parricidas se les lapida, sacándolos fuera de los límites de su patria o de su ciudad. Se casan al modo griego. Los enfermos, como se hacía en la Antigüedad entre los assýrioi, se exponen en los caminos para ser curados por los que han sufrido la misma enfermedad. Antes de la expedición de Broútos, no tenían más que barcas de cuero para navegar por los estuarios y lagunas del país; pero hoy usan ya bajeles hechos de un tronco de árbol, aunque su uso aún es raro. Su sal es purpúrea, pero se hace blanca al molerla. Así viven estos montañeses, que, como dije, son los que habitan en el lado septentrional de Ibería; es decir, los kallaikoí, ástoures y kántabroi, hasta los ouáskones y el Pyréne, todos los cuales tienen el mismo modo de vivir. Podría hacer la lista de estos pueblos más larga; pero renuncio a una descripción aburrida, pues a nadie le agradaría oír hablar de los pleútauroi, bardyétai, allótriges, y otros nombres menos bellos y más ignorados.
Su rudeza y salvajismo no se deben sólo a sus costrumbres guerreras, sino también a su alejamiento, pues los caminos marítimos y terrestres que conducen a estas tierras son largos, y esta dificultad de comunicaciones les ha hecho perder toda sociabilidad y toda humanidad. Sin embargo, hoy el mal es menor gracias a la paz y a la llegada de los rhomaíoi. Allí donde estas dos ventajas no han penetrado, conservan un carácter más feroz y brutal, sin tener en cuenta que esta disposición natural entre la mayoría de ellos ha podido aumentarse por causa de la aspereza del país y el rigor del clima. Mas, repito, todas estas guerras están hoy día acabadas; los mismos kántabroi, que de todos estos pueblos eran los más aferrados a sus hábitos de bandidaje, así como las tribus vecinas, han sido reducidos por Sebastós Kaísar; y ahora, en lugar de devastar, como antes, las tierras de los aliados del pueblo romano, llevan sus armas al servicio de los mismos rhomaíoi, como acaece precisamente con los koniakoí y con los plentouísoi, que habitan hacia las fuentes del Íber. Tibérios, además, por indicación de Sebastós Kaísar, su predecesor, ha enviado a estas tierras un cuerpo de tres legiones, cuya presencia ya ha hecho mucho no sólo pacificando. sino también civilizando una parte de estos pueblos.
También podrían tenerse como formas bárbaras los ornamentos de algunas mujeres, ornamentos que describe Artemídoros. En ciertas regiones -dice- llevan collares de hierro con garfios que se doblan sobre la cabeza, saliendo mucho por delante de la frente; en estos garfios pueden, a voluntad, bajar el velo, que al desplegarlo por delante sombrea el rostro, lo que tienen por cosa de adorno. En otros lugares se tocan con un "tympánion" redondeado por la parte de la nuca y ceñido a la cabeza por la parte de las orejas, el cual disminuye poco a poco de altura y anchura. Otras se depilan la parte alta de la cabeza, de modo que resulta más brillante que la frente. Finalmente, otras se ciñen a la cabeza una pequeña columnilla de un pie de altura, alrededor de la cual enrollan sus cabellos, que luego cubren con un manto negro. Junto a estas extrañas costumbres, se han visto y se han dicho muchas cosas acerca de todos los pueblos ibéricos en general, y en particular de los septentrionales, y no sólo sobre su bravura, sino también sobre su dureza y su rabia bestial. Se cuenta, por ejemplo, que en las guerras de los kántabroi, las madres mataron a sus hijos antes de permitir cayesen en manos de sus enemigos. Un muchacho cuyos padres y hermanos habían sido hechos prisioneros y estaban atados, mató a todos por orden de su padre con un hierro del que se había apoderado. Una mujer mató a sus compañeras de prisión. Un prisionero que estaba entre guardianes embriagados, precipitóse en la hoguera. Todos estos rasgos se cuentan también de los pueblos keltikoí, thrákioi y skýthai; como es cosa común entre ellos, la valentía, no sólo en los hombres, sino también en las mujeres. Éstas cultivan la tierra; apenas han dado a luz, ceden el lecho a sus maridos y los cuidan. Con frecuencia paren en plena labor, y lavan al recién nacido inclinándose sobre la corriente de un arroyo, envolviéndole luego. Dice Poseidónios que en la nación ligura oyó referir a un cierto Charmóleo, ciudadano massalliota, huésped suyo, que habiendo tomado para cavar un campo a hombres y mujeres a jornal, una de éstas, que había sentido los anuncios del parto, por no perder el salario, se apartó cerca del lugar donde trabajaba, dio a luz y se volvió al punto a su tarea. [Charmóleos] se dio cuenta de que trabajaba con dificultad; pero no sospechaba la causa, hasta que lo supo luego de la jornada, y entonces la pagó y la despidió. Ella llevó al niño a la fuente, lo lavó, lo envolvió en lo que tenía y lo llevó a su casa salvo.
No es costumbre privativa de los íberes la de montar dos en un mismo caballo, de los cuales uno, llegado el momento del combate, lucha como peón. Ni tampoco es cosa exclusiva de ellos la plaga de ratas y las enfermedades epidémicas que por lo regular las siguen. Esto fue lo que advino a los rhomaíoi en Kantabría; hasta tal punto, que hubieron de dar a aquellos que las capturasen una prima a tenor del número de ratas presentadas, y aun así escaparon del peligro difícilmente. Ocurrióles también escasez de otras cosas, principalmente de trigo, teniendo que proveerse del de la Akyitanía, lo que se hacía penosamente por las dificultades del terreno. Se cuenta también de los kántabroi este rasgo de loco heroísmo: que habiendo sido crucificados ciertos prisioneros, murieron entonando himnos de victoria. Tales rasgos denotan cierto salvajismo en sus costumbres; mas otros, sin ser propiamente civilizados, no son, sin embargo, salvajes. Así, entre los kántabroi es el hombre quien dota a la mujer, y son las mujeres las que heredan y las que se preocupan de casar a sus hermanos; esto constituye una especie de "gynaikokratía", régimen que no es ciertamente civilizado. Costumbre ibérica es también la de llevar un veneno obtenido de cierta planta parecida al apio y que mata sin dolor, con lo que tienen un remedio siempre pronto contra los acontecimientos imprevistos; igualmente es costumbre suya el de consagrarse a aquellos a quienes se unen, hasta sufrir la muerte por ellos.

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Uno de ellos, a la cabeza de dos legiones, vigila toda la zona situada al otro lado del Doúrios, hacia el Norte, a cuyos habitantes se les llamaba antes lysitanoí, mas hoy día se les cita como kallaikoí; dentro de esta región se incluye la parte septentrional, con los ástyres y los kántabroi. A través de los ástyres fluye el río Mélsos; un poco más lejos está la ciudad de Noíga, y después, muy cerca de ella, una abra del Océano, que señala la separación entre los ástyres y los kántabroi."

La romanización en Cantabria se produjo tarde y no fue nunca completa. La guerra contra los romanos fue larga y dura.

Las invasiones visigodas tampoco penetraron demasiado en esta zona. En el siglo VII, durante el reinado del rey visigodo Ervigio, se constituyo el Ducado de Cantabria, que abarcaba prácticamente el mismo territorio de los cantabros.

Hasta que no se produce la llegada de gran cantidad de gente de la meseta, huyendo de los musulmanes, en el siglo VIII, apenas cambia la forma de vida de los cantabros.

En esta época se producen muchos cambios en las costumbres de este pueblo.
Se extiende el cristianismo, situando iglesias en lugares sagrados para los cantabros, la economía se hace mas agrícola y ganadera, se crean nuevos núcleos de población.

El Rey Visigodo Ervigio creó en el año 680 el Ducado de Cantabria para garantizar la paz en el norte de la península al dar autonomía a este territorio, tenía su capital en Amaya, cerca de la actual Alar del Rey entre Palencia y Burgos.

El Dux o Duque era elegido entre los jefes guerreros cantabros.

El primer Duque de Cantabria fue Favila, señor de Liébana y del territorio entre el Sella y el Deva y al parecer padre de Pelayo. Fue desterrado a Tuy y ajusticiado en el año 701 probablemente por sublevarse contra la Corte Toledana.

El segundo Duque de Cantabria fue Pedro, padre de Fruela (tercer Duque de Cantabria), casó a su hijo Alfonso con Ermesinda, hija de Don Pelayo.

Tras la muerte de Favila (hijo de Don Pelayo) despedazado por un oso durante una caceria, Alfonso es proclamado Rey de Asturias (739-757) con el nombre de Alfonso I el Católico, siendo a la vez Duque de Cantabria. En el año 740 se anexionó Galícia y en el 754 León.

A Alfonso I le sucedió su hijo Fruela Pérez de Cantabria (722-Cangas de Onis, 768), que tambien fue Duque de Cantabria y Rey de Asturias. Reinó con el nombre de Fruela I entre 757 y 768. Casó con la alavesa Munia y fue padre de Aurelio I, Vermudo I "el Diácono", Rodrigo Frolaz (primer Conde de Castilla) y Numabela de Cantabria.

Fruela fue apodado El Cruel por su ferrea disciplina, tuvo que reprimir duramente una rebelión de los vascones de Alava contra su autoridad así como la de los nobles gallegos en el año 766.

Reformó el clero de su reino, prohibiendo el casamiento a los clérigos e incluso obligando a dejar la esposa a los casados, lo que le granjeó la enemistad de gran parte de este estamento.

Viendo que su hermano Vimarano ganaba las simpatías de la aristocracia le mató personalmente, acusándole de encabezar una conspiración para destronarlo. Esto le trajo la enemistad de la nobleza, confabulándose para asesinarle en Cangas de Onís y eligiendo como sucesor en el trono a su primo Aurelio. Fundó la ciudad de Oviedo donde está enterrado junto a su esposa.

Con la Reconquista, a finales del siglo VIII y principios del IX; parte de la población se marcha a repoblar los territorios conquistados al norte del Duero, son los foramontanos.
En los siglos XI y XII, durante el régimen feudal se obliga al pueblo a delimitar los terrenos, con lo que la propiedad común se vuelve privada, se rompe la tradicional familia o clan numeroso con el establecimiento de la monogamia y el castigo del adulterio y se conceden títulos a los miembros más destacados de la población.
La unidad económica más pequeña es el solar, donde se encuentra la casa y tierras de una familia. No obstante la población se va agrupando, continúa el periodo de expansión demográfica, aparecen nuevas aldeas en torno a monasterios, explotaciones familiares, iglesias...

A finales del siglo XII se crearon unas divisiones territoriales en el reino de Castilla llamadas merindades. Se conoce poco sobre estas, aunque parece que La Pernía entraría dentro de la llamada "Peñas de Amaya fasta el Mar". En 1352 se redacta el Libro de las Merindades de Castilla o "Becerro de las Behetrías" que distribuye el territorio cántabro en 4 merindades: La Merindad de Liébana y Pernía incluía ambas comarcas y el valle de Polaciones. La capital estaría en Cervera de Pisuerga. En este libro está la primera constancia escrita de Casavegas (la casa de las vegas).

Perteneció al antiguo condado de Pernía, concedido por los reyes castellanos al obispo Sancho de Rojas de Palencia a principios del siglo XII.

En el siglo XII el rey Alfonso VIII creó el Condado de Pernía y lo cedió a los obispos palentinos, que han ostentado este titulo hasta épocas recientes.

El obispo don Raimundo, fue el primer conde de La Pernía, este obispo reedifico la Abadía de Lebanza, aunque de esa construcción que fue romanica solamente quedan algunos capiteles conservados en el Fogg Art Museum de la Universidad de Harvard en Estados Unidos.




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